Al ser feliz el mundo se vuelve más hermoso.
para uno y para los demás.
Quizás uno de los grandes problemas de este mundo es una falta de saber conectar con la felicidad.
Y no se trata de una felicidad como exageración, o como intensidad, ni tampoco como desconexión del dolor u otras emociones,
si no más bien de una felicidad serena. De una paz interna, una satisfacción honesta con lo que hay.
Si la búsqueda es la desconexión, aun que sea en el contacto con la alegría permanente, esta paz interior se aleja, del vacío surgen los fantasmas y el juego neurótico sigue su ciclo llevando sus raíces más hondas aún.
Si nos perdemos en juegos de poder, incluso internos, sucede algo parecido. No hay descanso cuando uno lucha contra si mismo.
Si hay una necesidad de tomar más de lo que corresponde, ahí vuelve a alejarse la felicidad, pues quien se expresa es la carencia, por más que uno tenga.
Si no puedo ocupar mi lugar, de nuevo será dificil el encuentro con esta satisfacción real.
Sin aprender a encontrarse a uno en si, es dificil encontrar el placer de la vida, la satisfacción que subyace al ser.
Hermoso es cuando esta satisfacción se acerca, cuando el propio lugar se va desvelando, cuando uno se permite tomarlo, reconocerlo y reconocerse, cuando lo que nace es el amor y no un amor ñoño o de intensidades o romances, si no un amor desde dentro, de calor, de sostén, de mirada, de madurez. Me sostengo, el mundo me sostiene, formo parte del sostén y me permito vivirlo, sentirlo, disfrutarlo, experimentarlo, estar en paz.
La guerra (interna o externa) es un síntoma de la falta de satisfacción vital, con el lugar que uno ocupa, con quien uno es, con los entresijos históricos personales, familiares, sociales… una dificultad grande para tomar el amor a la vida con todo lo que ella trae, incluido el proceso de no estar en contacto con ella, de pelear, de complicarse, de hacerse daño, de no ver… así como todos los demás. Unos sin otros, pierden profundidad.